Paterna: Flamenca y Cantaora

Hoy en día es un hecho prácticamente aceptado por la mayoría de los investigadores del flamenco que el cante por Peteneras tiene su origen en Paterna de Rivera (Cádiz). Pero Paterna no solo es la Cuna de la Petenera; el cante flamenco es una de sus principales manifestaciones culturales, tan arraigado entre su gente, que ha dado todo un elenco de importantes cantaores de renombrada fama. Y es que el Flamenco y la Petenera son señas de identidad cultural de este blanco pueblo gaditano.

Desde su fundación, “El Alcaucil”, en su afán por recuperar el rico acervo cultural de nuestro pueblo, ha venido desarrollando numerosas actividades en torno al cante, la petenera y la promoción de artistas y aficionados locales. Continuando esta labor de difusión y promoción esta asociación pretende ahora abrir este espacio dedicado al flamenco en Paterna con especial interés en sus cantaores y al cante que le da fama, la Petenera.



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23/7/10

LA PETENERA. NARRACIÓN POPULAR. 1881. y V

REVISTA "EL ALCAUCIL" Nº 49. MAYO 2010

LA PETENERA

NARRACIÓN POPULAR

Eugenio de Olavarría y Huarte


V

Hubo un momento en que, acabado el baile, se interrumpieron las voces y los gritos y cesó el estrépito en la casa. Los bailadores pedían un instante de descanso para sus piernas fatigadas, y los cantadores un trago de vino para su garganta seca. Corrían los panzudos jarros de mano en mano, perdíanse las tajadas en las bocas abiertas desmesuradamente para recibirlas, y por breve reto la gente se dedicaba a reponer las fuerzas perdidas para volverlas a perder de nuevo. El silencio en la calle era grande también.

En medio de un gran corro, sentados uno junto al otro, devorándose con la vista, Rosa y Pedro, el ingrato seductor de Lola, eran objeto de todas las miradas y de todas, las chanzonetas groseras y burlonas que una tras otra acudían a los labios poco delicados de los concurrentes a la boda. Jóvenes los dos y hermosos, todo parecía sonreírles. En la mirada de Rosa pintábase la satisfacción de su amor propio satisfecho, el orgullo del ser amado; en la de Pedro nadie hubiera podido hallar ni la más leve sombra de un recuerdo de su pasión hacia la cantadora sevillana. Ni él ni ella hablaban tampoco. Fatigados de la danza de todo el día ansiaban el término de la fiesta; pero es preciso dar a los amigos lo que es suyo, y mientras hubiera muchacha sentada o mozo que quisiera echar un baile, ni Pedro ni Rosa podía excusarse de bailar.

De pronto, y en un momento en que el silencio era más profundo, una guitarra, torpemente tocada a l principio, dejó oír en la calle, frente a la misma casa, sonidos apagados y débiles como el balbuceo de un niño. En medio de la calma de la noche se oía admirablemente.

-¿Quién vendrá a estas horas a darnos serenata?– preguntó Rosa sorprendida.

-Será algún ciego que se retira ya a su casa, -dijo uno de los convidados.

-Pues que suba y tomará alguna cosa.

-Veamos primero qué tal lo hace, y si os gusta, bastante será darle una limosna, un pedazo de pan y un sorbo de vino y que se marche a dormir.

-Chist!... –dijo Pedro que, sin saber por qué, prestaba gran atención a aquellos sonidos que entraban por las abiertas ventanas como quejas del viento.-

Ya Lola acababa de templar la guitarra, y concluían las notas desparramadas, los ecos aislados. Una súbita revolución se operó en ella. Al estrechar en sus manos aquel instrumento, compañero fiel de sus momentos de alegría, testigo de sus horas de tristeza, que hablaba o enmudecía según el estado de su ánimo, y que al estallar en ondas de armonía dábala cantos o gemidos, habíase sentido otra, y había vuelto a ser la Lola de otros tiempos, la Petenera, cual la llamaban en Sevilla. El pasado y el presente se fundían ahora en in cuadro informe; la Lola ultrajada, la Lola envilecida, borrábase lentamente, y en su lugar, quedaba la cantaora andaluza; una noche tranquila y callada y una guitarra entre las manos, ¿Qué más que aire y calma necesita para cantar el pájaro nacido para esto?.

Y la guitarra se transforma, también en sus manos, y como si un ángel durmiese dentro de la caja, y despertado de repente pasase saltando por las vibrantes cuerdas, exhalando sonidos armoniosos, dulces notas herían el aire llevando sus ecos hasta lo más profundo del corazón. Era una queja sentida, un gemido arrancado al alma por el dolor más intenso; era un ¡ay! Melodioso, un canto proferido por un alma buena, inocente y pura, herida de amor, gimiendo bajo el peso de la ingratitud. Luego tomó colores más sombríos, hiciéronse más secas las notas, más duros los sonidos, y entonces fue cuando Lola abrió sus labios, y envuelta en vahos de calentura dejó escapar por ellos uno de esos cantares que hace el pueblo para expresar sus sentimientos; breve copla que encierra en cuatro versos un poema como en una lágrima se encierra a veces toda la angustia de una vida. No era ya la pobre Lola enferma y espirante de dolor la que cantaba, sino la antigua Petenera, cuya voz tierna, pero enérgica y sentida, parecía como una mezcla de cantos de ruiseñor y susurros de fuentes, y armonías del viento y ruido de pequeñas corrientes de agua deslizándose en cascada vistosa por ásperos guijarros. Y la copla que cantaba era, más que cantar, un grito de dolor, un supremo grito de angustia, indefinible, misterioso, saturado de extraña amargura, de profundo pesar, de desesperadora melancolía.

Sola soy, sola nací,
Sola me parió mi madre,
Sola tengo que morirme…
¡la Soledad me acompañe!...

Al llegar hasta ellos la voz que cantaba, los convidados callaron, prestando atención a aquel gemido lastimero. Pedro y Rosa fueron los únicos en conocer de quién era aquella voz; y es que muchas veces había sonado en sus oídos, halagadora como una caricia para él, fría y seca como un sarcasmo para ella.

-¡Lola! –dijo Pedro en voz baja que no fue oída de nadie.

-¡La Petenera! –murmulló a su vez Rosa estrechándose por un movimiento instintivo contra el que ya era su marido, como si creyera que se lo iban a arrebatar.

Todos se levantaron y acudieron a los balcones, para conocer la persona que cantaba; los dos novios ocuparon uno en el centro, que caía precisamente frente a la cantaora a la cual bañaba con su amarillenta luz un farol próximo.

Daba lástima ver a la pobre joven sentada en el suelo, fuertemente apoyada contra el muro, apretando la guitarra contra su corazón y alzando su hermosa cabeza , mostrando así su rostro, a cuya mate palidez venía a dar nuevo matiz el cárdeno reflejo de la luz de gas cayendo sobre él en invisibles corrientes lumínicas. Al verla as í los convidados se miraron unos a otros con lástima. Rosa y Pedro se extremecieron (sic) también.

Pronto se apercibió Lola de que la miraban; pronto sus ojos brillaban como relámpagos en las sombras de la oscura noche, distinguieron allí, junto a ella, a Rosa y Pedro unidos estrechamente, felices, dichosos, y entonces, alzando con altivez y orgullo la cabeza, entreabrió sus labios secos y descoloridos, y con voz empapada en lágrimas, nuevamente el dolor se desbordó en esta queja:

En la iglesia el otro día
A mi Dios se lo pedí,
Que ojalá sufras las penas
Que me está matando a mí!.

Era tan triste, encerraba tanto dolor y tanto odio a la vez aquel cantar que en medio de la noche sonaba con ecos de maldición llamando la venganza del cielo sobre la cabeza de un culpable, que cuantos lo oyeron se miraron con terror. Sin tener conciencia de lo que aquello significaba, presentían un drama en torno suyo. Había empezado a llover, y las pequeñas gotas que caían se les antojaban lágrimas…

Por su parte, los novios seguían como bajo el peso de una amenaza. Cuando la copla espiró en los labios de la Petenera, Rosa abrió los ojos y miró a su marido, que pálido y sin color no podía apartar la vista de su antigua amante. Había en la mirada de Rosa una mezcla de celos y desconfianza; quería leer en el rostro de Pedro si en el corazón de éste había muerto ya todo recuerdo antiguo, toda vieja memoria del pasado; y le miraba con miedo, con temor; como si dudase de hallar una respuesta satisfactoria a sus preguntas. Pedro lo comprendió así, acogió con una mirada de amor la mirada de incertidumbre de Rosa, y queriendo destruir las dudas de ésta, metió la mano en un bolsillo, sacó un puñado de cuartos, y los echó a los pies de la infeliz cantaora que aquél instante acababa su copla…

Entonces, al verse de este modo herida, y herida ante su rival, por un súbito movimiento, se puso de pie, se separó del muro y dio algunos pasos en dirección a la casa; pero el intento era mayor que sus fuerzas y de pronto exhaló un nuevo grito, se llevó la mano al corazón, y cayó pesadamente sobre las piedras de la calle, dando con la cabeza en la guitarra cuyas cuerdas dejaron escapar un sonido áspero y desacorde.

Esta fue la oración fúnebre de Lola
La pobre Petenera había muerto.



EUGENIO DE OLAVARRÍA Y HUARTE

LA PETENERA. NARRACIÓN POPULAR. 1881. IV

REVISTA "EL ALCAUCIL" Nº 49. MAYO 2010

LA PETENERA

NARRACIÓN POPULAR

Eugenio de Olavarría y Huarte


IV

Todo era animación y bulla, estrépito y algazara en un cuarto principal de la calle Lavapiés. Hacía largo rato que sonaba, y ya la vecindad, acostumbrada al eco prolongado de los gritos, a los latidos intermitentes de las risotadas, apena si le prestaba atención. La murga, que durante un par de horas sopló con una constancia y un entusiasmo dignos de mejor causa las piezas más alegres y populares de su repertorio, combinándolas con sendos tragos de lo añejo, habíase retirado ya con todos los honores de guerra. La calle empezaba a quedarse desierta.

Las doce en punto y nublado concluía de cantar el sereno cuando entró Lola en la calle. La noche era bochornosa; la atmósfera pesada. Grandes nubes encapotaban el cielo, y apenas si por sus rotos girones dejaban pasar el trémulo resplandor de algunas estrellas.

Lola respiraba con dificultad. Las fuerzas ficticias que la habían sostenido hasta allí, empezaban a abandonarla en el mismo momento de llegar al logro de su insensato deseo. Hizo, sin embargo, un supremo esfuerzo, y siguió adelante, hasta llegar frente a la casa que parecía un monstruo ebrio exhalando gritos descompuestos y estallando en estentóreas carcajadas. Allí se dejó caer desfallecida en el quicio de una puerta, y quedó arrimada al muro como una mancha en la pared, temblando convulsivamente.

LA PETENERA. NARRACIÓN POPULAR. 1881. III

REVISTA "EL ALCAUCIL" Nº 49. MAYO 2010

LA PETENERA

NARRACIÓN POPULAR

Eugenio de Olavarría y Huarte

III

Tristes pasaron las horas. Harto breves en los días de gloria y felicidad, son horriblemente largas en los días de luto y de dolor. Parece como que no van a concluir nunca. La vista impaciente sigue el movimiento de las manecillas del reloj, que, sin embargo, no se mueven. Quisiera acaso creer que el péndulo se ha parado, pero se oye a intervalos el latido del geniecillo hijo del tiempo encerrado en la cárcel de madera y sujeto con los hilos invisibles del acero. De tarde en tarde un ruido seco, como golpe dado en la esfera por un dedo descarnado, suena marcando que ha pasado un minuto… ¡Un minuto!. ¡Qué largas son las horas cuando se cuentan por minutos!.

Lola no tenía reloj para contar el tiempo, y lo contaba con sus oraciones. Sus labios se movían sin cesar, y su alma en místicos raptos se elevaba hasta Dios. Vencida por el cansancio, la anciana había reclinado su cuerpo sobre la cama y yacía aletargada más bien que dormida…. Mucho tiempo pasó así.

De repente se levantó Lola. Una idea había acudido a su mente. Quería ver, por sí misma, la dicha de su novio y su rival; quería asistir a su triunfo; presentarse entre ambos, para que los andrajos que la envolvían, la enfermedad que la abrasaba, fueran una nota sombría en el cuadro de su felicidad. Quería unir su voz débil y quejumbrosa a los gritos, a los cantos de los concurrentes a la boda, para que en el concierto de la ventura general, sonase como un eco desacorde que perturbase la armonía. Durante breve rato vaciló. Para levantarse tenía que pasar por cima de su madre, y algo, como un presentimiento, gritaba a su oído que no la volvería a ver.

Además, su debilidad era tan grande que podía caer antes de llegar a donde quería ir, y entonces no conseguía nada… Pero su vacilación fue corta. Echó fuera de la cama su cuerpo enflaquecido, cubrió sus carnes que temblaban a impulsos de la fiebre como la puerta desvencijada de un castillo ruinoso agitada por los vientos otoñales, y envolviéndose en un harapiento mantón negro, y ciñiendo a su hermosa cabeza un trapo que fue otro tiempo rico pañuelo de seda blanco con ancha franja azul y rosa, se puso de pie, teniendo que arrimarse enseguida a la pared, porque su desfallecimiento era tal que hubiera caído al suelo. Cuando se repuso dirigióse a un rincón de la estancia y allí, de entre una nube de polvo y un montón de harapos, desenterró un guitarra, ya desgastada por el uso, único objeto que podía recordarla su antigua vida de cantaora sevillana. Un raudal de lágrimas acudió a sus ojos.

Aquella guitarra, ¡la recordaba días tan felices!. Cual bandada de pajarillos que ensayaban el primer vuelo y son llamados hacia el nido por el arrullo maternal, acudieron a su imagen mil coplas alegres y sentidas, y aquellas viejas memorias, tan de improviso despertadas, fueron un bálsamo para los dolores de Lola, que furtivamente, como ladrón que teme ser sorprendido, apretando contra su cuerpo la vieja guitarra, en cuyas cuerdas dormían tantas notas empapadas en lágrimas, salió del cuarto a pasos lentos e ininterrumpidos, después de depositar en la frente de su madre un beso. Cruzó con gran trabajo el patio infecto tristemente alumbrado por la claridad mortecina de las estrella; traspuso luego el sucio portal, estrecho y sombrío, y salió por fin a la calle respirando con fuerza el aire libre que parecía dar nueva vida a sus pulmones oprimidos.






LA PETENERA. NARRACIÓN POPULAR. 1881. II

REVISTA "EL ALCAUCIL" Nº 49. MAYO 2010

LA PETENERA

NARRACIÓN POPULAR

Eugenio de Olavarría y Huarte

II


Y es que su alma, herida cruelmente, manaba sangre en abundancia. Desgarrada por el dolor, presa del más cruel infortunio, sentía el dardo que el destino lanzara sobre ella, clavado allá, en lo más hondo de sus entrañas. El viento del desengaño apagaba la luz de la esperanza, convirtiendo en ruinas el santuario de su espíritu, mientras la enfermedad, ese fantasma desdentado, de paso trémulo y vacilante como el de un hombre ebrio, tenía la sujeta al lecho con sus dedos de garfio. La joven sentía pesar sobre ella aquella mano que la rompía los huesos; muchas veces despertaba con sobresalto: parecíala que alguien dormía cerca de ella, y era el aliento de la enfermedad que en olas de calentura la abrasaba.

Nadie hubiera conocido ahora en ella a aquella joven hermosa y alegre como una mañana de primavera. Gran trabajo habría costado a todos los que desde la infancia la trataron, reconocer en ella a Lola la sevillana, la muchacha más bonita de Sevilla, con los ojos más grandes de la cristiandad y los pies más chiquititos de la tierra, con la mirada que parecía calentar el aire con los rayos que lanzaba, y la risa franca y fresca que corría retozona por sus labios rojos como el clavel, señalando en sus mejillas rosadas dos hoyitos llenos de gracia, verdaderos nidos del amor, como los llama el poeta.

Habíase apagado su mirada, sus bellos colores habían desaparecido, y sus ojos, hundidos y rodeados de un círculo morado, parecían los cadáveres de aquellos otros ojos a que achacaban tantas muertes los sevillanos cuando en las fiestas del barrio, a que acudía Lola, cantaban acompañándose de la guitarra –ese piano del pueblo que arranca de él notas más tiernas y delicadas que las sonatas de Behetowen o las melodías de Schubert:

                                        Son dos ojos negros asesinos
                                        Los ojos de esa mujer.

Sus negros cabellos, brillantes como el ébano, aparecían ahora como negra masa apelotonada; el sudor y la calentura les habían arrebatado su brillo y su vida. Diversas arrugas cruzaban su frente antes tan tersa, haciéndola parecer a un cielo preñado de nubes. El desastre era espantoso; la ruina completa. La Lola de hoy no parecía sino el cadáver de aquella otra Lola graciosa y andaluza; solo el mar de llanto que sin cesar brotaba de sus ojos y caía sobre sus flacas mejillas podía persuadir que aún había vida en su cuerpo, porque había dolor y en el ser humano, ángel caído del cielo, alma extraviada desprendida de otro planeta en que dejó sus ilusiones y por el que clama sin cesar, el dolor y la vida son compañeros inseparables; son un solo término de esa fórmula viva que se denomina especie humana.

Era una historia triste y dolorosa; una de esas historias tan vulgares, pero tan impregnadas de sentimiento , que hacen llorar al que las oye, capítulos arrancados a ese gran libro de tormentos que se llama existencia de la mujer y que es todo un martirologio. Lola era guapa, muy guapa; con una cara capaz de trastornar a cualquier hombre, y un garbo, y una sal como solo se usan en Andalucía, bajo aquél cielo riente y sobre aquella tierra florida que recibe todos los días los besos de las brisas africanas. Alegre desde niña, no comprendiendo la tristeza, había vivido tranquila y feliz cantando desde el Oriente hasta el Ocaso, como un pajarillo que juguetea en el árbol con cuantas ramas tiene alrededor. Su padre murió cuando ella era harto pequeña para comprender la magnitud de semejante pérdida; de aquí que no hubiera tenido que sufrir ese gran dolor. Un día, sin embargo, una nube de llanto veló por primera vez sus ojos ocultándola las flores del campo y las estrellas del cielo. Y es que un hombre había derramado en su oído el veneno de sus palabras, abriendo ante sus ojos horizontes llenos de luz, una luz viva, pero deslumbradora, y mostrándola el espectáculo risueño de los mundos y los hombres y los hombres adorando al amor de Dios soberano de la tierra. Aquellas palabras fueron para ella toda una revelación; algo despertó en lo más recóndito de su alma, y extrañas ideas, como viborillas que más tarde le habían de matar, empezaron a germinar en su interior. Luego, las ideas crecieron, y crecieron, haciendo callar a sus sentimientos, envolviéndola como en una atmósfera que en realidad no era suya; las palabras del hombre, transformándose en pequeñas barras candentes que traspasaban su cerebro, la trastornaban, la vacían temer por su razón. Y llegó otro día en que se volvió loca, y olvidándose de que tenía una madre y un nombre honrado que no debía manchar de lodo, porque el lodo de que lo salpicase había de caer como lluvia de cieno sobre la tumba de su padre, huyó de Sevilla, dejando su madre, su familia, la iglesia en que oía misa los domingos, la Virgen a quien rezaba en sus
tribulaciones; y huyó dejando tras de sí el escándalo y loa deshonra, señalando como mudos testigos la torcida huella de sus pasos.

Un año había pasado de esto, y durante él, ¡cuánto sufrió su corazón! ¡Cuántas lágrimas abrasaron sus mejillas! Un día su seductor desapareció para no volver más. Al saberlo Lola no derramó una sola lágrima; estaba acostumbrada al sufrimiento. Diez meses había vivido con el miserable que la sacó de su casa, soportando humillaciones sin cuento, sufriendo privaciones sin fin; pero llevando resignada la cruz de su castigo hasta el Calvario de su expiación; porque un alma palpitaba en sus entrañas, y ese alma venía a decirla que era la misericordia divina mayor que su delito con serlo este tanto. Llegó, por fin, el día del alumbramiento, y por primera vez, después de un año, la felicidad volvió a presentársela bajo la forma de un ángel rubio y rosado, de ojos azules y mejillas de terciopelo, pero precedido de dolores más espantosos que la muerte misma.

Rendida por largas horas de agonía, la pobre Lola descansó al fin estrechando contra su pecho al hijo que tan duros sufrimientos le costara. 
Su sueño fue agitado, los fantasmas de la calentura y la debilidad la agitaron durante todo él. Estrechaba convulsivamente a su hijo entre sus brazos como si alguien se lo arrancase del seno en que dormía reclinado, aún en esa especie de bruma que se estiende (sic) entre la noche del no-ser y la aurora de la existencia, vago crepúsculo en que solo el llanto y el gemido dan testimonio de la vida.

Llegó a soñar que la arrebataban aquel hijo que tantos dolores le había costado; quiso oponerse a ello pero la faltaron las fuerzas, el cansancio la rindió y durmió profundamente. Cuando despertó exhaló un grito de espanto: ¡su sueño era verdad! ¡La habían robado a su hijo!.

Las largas horas del alumbramiento quebrantaron el organismo del recién nacido y había muerto sin exhalar un sollozo.

Al saber esta nueva desgracia, Lola, que ya se creía tan feliz, cayó en un fuerte delirio del que tardó mucho en volver. Atacada de calenturas puerperales, la tisis hundió sus garras en su cuerpo dolorido, y la muerte, como hambriento cuervo en un campo de batalla, esperaba verla caer para lanzarse sobre ella.

Durante estos dos meses, la infeliz no había estado sola. Avisada por una amiga la madre de Lola, que lloraba en la noche de su ceguera el abandono en que su hija la dejara, se había apresurado a reunirse con ella para prodigarla sus cuidados. Su compañía fue un gran consuelo para la pobre Lola que, al sentir sobre su frente las temblorosas manos de su madre, se sintió absuelta por el cielo y libre de pecados, tal como lo estaba en aquellos días risueños y felices de la mañana de su vida, y aceptó la pérdida de su hija como una penitencia.

Tal era el poema de dolores escrito con lágrimas en los húmedos muros de aquel cuarto estrecho y sombrío en que el aire no circulaba, en que la luz no entraba nunca, cual si a la luz, y al aire les amedrentase el sucio rincón en que guardaba el vía-crucis de un alma, y que parecía un gran agujero abierto en el fondo de una cueva pavorosa y oscura de las regiones infernales, despiadada habitación de empedernidos pecadores

LA PETENERA. NARRACIÓN POPULAR. 1881. I

REVISTA "EL ALCAUCIL" Nº 49. MAYO 2010


LA PETENERA

NARRACIÓN POPULAR

Eugenio de Olavarría y Huarte

Artículo publicado el 28 de Abril de 1881 por Eugenio de Olavarría y Huarte en “LA AMÉRICA: CRÓNICA HISPANOAMERICANA” (Madrid: 1857-1886)", una de las revistas más importantes y difundidas de todo el siglo XIX español.

La leyenda oscura que perseguía a las Peteneras, principalmente la misteriosa y trágica vida de su progenitora, atrajo a poetas, escritores, dramaturgos…. que vieron en ella un argumento melodramático original para sus creaciones. En 1881 las Peteneras estaban de moda en toda España, y de este año es esta “Narración Popular” de Eugenio de Olavarría, la creación más antigua de que tenemos referencia hasta ahora, en la que se cuenta la historia de amor no correspondido de una hermosa mujer, Lola “La Petenera”, que terminará trágicamente.

Eugenio de Olavarría y Huarte nació en Bilbao el 23 de diciembre de 1829. Militar, escritor, poeta y periodista. Jefe del Cuerpo Administrativo del Ejército, director de El Ejército Español (1895), colaboró con Francisco Zea en Maese Juan el Espadero y otras obras; fue redactor de Las Cortes, Eco del País, Universal (1867), La América. Publicó Tradiciones de Toledo, Madrid, 1880. Leyendas y tradiciones, ibid., 1888. Irmia, poesía (en Rev. Esp., 1881, t. LXXX). El Saltimbanco (ibid., 1883,t.XCIX). Sus producciones dramáticas son: Don Carlos de Austria (1851), Por el camino de hierro (1851), Errar la cuenta. El camino más corto. Duda en el alma ó el embozado de Córdoba (1857). Los Apuros de Gaspar (1863). Margarita, zarz., (1864). El Alcaide de Toledo, dr., (1882). Errar la cuenta.

20/7/10

CÁDIZ. TEATRO PRINCIPAL. 8 DE ENERO DE 1829




TEATRO PRINCIPAL.= Función particular a beneficio del primer bolero Luis Alonso.- Servir al criminal por amparar al inocente o efectos de odio y venganza en el castillo de la Bohemia (comedia de espectáculo en tres actos).= Concluido el primer acto se bailará el zapateado con acompañamiento de guitarra por la Sra. María Ridríguez, aficionada. Acabado el segundo baile inges, por la Sra. Josefa García, también aficionada= Concluida la comedia el Sr. Luis Alonso bailará con la Sra. García, el nuevo zapitusé de costa firme, acompañado de guitarra,= Seguidillas manchegas a seis.= El Carnaval en el barrio de la Viña (sainete nuevo, en el que habrá columpio y saldrá una comparsa de máscaras y bailarán el fricasé, la Petenera Americana, que cantara el Sr. Lazaro Qintana, un cuarteto de cuacaros, y se concluirá con una contradanza general).= A las 7.

CADIZ. TEATRO DEL BALÓN. 21 DE DICIEMBRE DE 1826





TEATRO DEL BALÓN.- Función particular a beneficio de Luis Alonso, primer bolero.= El rayo de Andalucia, octavo Infante de Lara, o a todos la sangre avisa (comedia en 3 actos, adornada con todo su teatro y el Sr. Sarramian saldrá a caballo por el patio.)= En el intermedio del primer actose bailará el Zapateado (por una jòven de diez años.)= Acabado el segundo se bailará el baile ingles (por otra jóven.)- Concluida la comedia el Sr. Alonso con una de sus discipulas bailarán la petenera nueva americana.= Boleras a seis.= Beltran en el Serrallo o la valenciana cautiva (pieza nueva en un acto.)= A las 4 1/2

CADIZ. TEATRO DEL BALÓN. 19 DE ENERO DE 1827




 
TEATRO DEL BALÓN.= Lo cierto por lo dudoso (comedia en 3 actos).= El zorongo y la petenera americana.- Un divertido sainete.- a las 40 1/2.

19/7/10

DIARIO MERCANTIL DE CÁDIZ 5 DE ABRIL DE 1827

Noticia recogida por el musicólogo e investigador del Flamenco Faustino Núñez Núñez en su blog EL AFINADOR DE NOTICIAS fruto de sus indagaciones en la Prensa Gaditana del Siglo XIX en los últimos 10 años.

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"EN LA CALLE COMPAÑÍA , NUM 10.= Se dara hoy una función, la que principiará con una colección de fuegos piricos .= En seguida sí presentará un español a hacer  un esperimento de fisica y mecánica.= A continuación el Sr. Lázaro Quintana cantará las seguidillas de Pedro La-Cambra, las que bailarán el Sr. Francisco Ceballos y el Sr. José López .- Seguirá el zapateado por El Sr. López, y el Sr. Quintana cantará la petenera americana .= Concluyendo con varios juegos hidráulicos y fuegos artificiales .= A las 7 1 / 2 ".

15/12/08

LA PETENERA ( de P. Sañudo Autrán)



Artículo del periodista PEDRO SAÑUDO AUTRÁN publicado el 7 de Septiembre de 1903 en “LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA”, revista semanal de literatura, artes y ciencias editada en Barcelona


Hay un canto en Andalucía, siendo original, con algo de melancólico y mucho de expresivo, que se llama petenera.

En aquel país de flores y de mujeres bonitas, de ricos vinos y de ingeniosas ocurrencias, la petenera es la nota característica de las alegres fiestas andaluzas. El que haya visitado Sevilla con su Giralda, su Alcázar y su Torre del Oro; Córdoba con su mezquita y su Serranía; Granada con su vega y su Alhambra; Jerez con sus bodegas y su yeguada; Cádiz con sus bellos paseos, sus calles aseadas, sus casas blancas como copos de nieva; Málaga con sus moscateles y con sus pasas; Almería y Huelva con sus minas; Sanlúcar con su playa y su manzanilla: la Isla de San Fernando con sus salina; las poblaciones todas de Andalucía con aquel cielo tan azul y tan puro que recuerda el de América, con aquellas mujeres de ardiente mirada, cabello negro, cutis suave, rasgados ojos y pie menudo; quien haya visto aquel país habrá sentido más de una vez un extraño estremecimiento al oír los cantos característicos de la que llaman Tierra de María Santísima.

En una ocasión, cuando al mediar la noche de un día de verano, atravesaba yo las calles de Sevilla buscando en el puente que va a Triana el fresco que era imposible disfrutar en el centro de la ciudad; al pasar ante una de las casas del clásico barrio de la gente de rompe y rasga, una voz dulce, bellísima, que algo tenía de la de los ángeles, llegó a mis oídos como una vibración de los sentimientos del alma.

La curiosidad me movió a acercarme hacia donde salía la voz

A merced de la luna que por entero bañaba la cara de una mujer hermosa, vi unos ojos tan negros como las sombras de una obscura noche.

Eran los de la cantaora de la copla. Llevaba unas fragantes rosas en la cabeza y con sus dedos rasgueaba las cuerdas de una guitarra.

De sus labios continuó brotando la armonía de antes y pude escuchar muy distintamente esta petenera:

“Cuando tú me hayas matado,
cuando yo no exista ya,
cantándome peteneras
que me lleven a enterrar.”

Aprendí la copla de memoria y la fisionomía de aquella mujer que no se me borrará del corazón.

Seguí mi camino, y después de haber dado algunas vueltas por aquel barrio, el cuerpo, más fatigado por el insomnio que por la pesadez del calor, me obligó a buscar el hotel donde a la sazón me hospedaba, y me metí en la cama bajo la impresión de aquella canción y de aquella encantadora mujer, como la fantástica creación de un poeta, contemplaba entre una luz de plata, unas flores hermosas y unas notas sentidas

Pasó el tiempo, que todo pasa, hasta el dolor y la agonía, y pasó un año. Salía de la Alhambra de Granada. Iba pensando en la era de grandezas que empezó para España desde que se hizo dueña del último baluarte de los moros, y entré por una calle cuyo nombre no recuerdo, tan abstraído estaba en los panoramas de mi fantasía, y los ayes y los sollozos y la siniestra luz que salían de una ventana baja, de par en par abierta, me sacaron de mis febriles meditaciones.

Como por un resorte movido, me acerqué allí con una inexplicable inquietud, apartando inmediatamente la vista del tétrico cuadro que contemplé lleno de pena.

La mujer de la petenera, la de las rosas, la de los ojos y el cabello negro, que había yo visto en Sevilla, yacía, con el sello que marca la muerte en los rostros, en un estrecho ataúd cubierto de flores y regado por las lágrimas de dos mujeres y de un hombre que salió de pronto de aquella casa y como trastornado por una dolorosa y profunda emoción.

El interés pudo en mí más que otro miramiento cualquiera, y deteniendo al hombre mozo de pocos años, le pedí informes de la muerte.

El joven, a impulsos de esa corriente del momento que nos hace comunicativos en las grandes desgracias con las personas que se interesan por lo que adoramos, me contó una historia de amor en unos cuantos sollozos y algunas palabras.

Aquella mujer que había cerrado por siempre los ojos a la luz del día, bajo el tupido velo de sus largas y espesas pestañas, había sido juguete de un hombre por quien sentía una adoración parecida a la que ella profesaba a la Virgen del Carmen, de cuyo hábito estaba amortajada.

Le pasó lo que a tantas y lo que a tantos: fue engañada. El ídolo de su corazón le mintió un cariño que sentía por otra a la que se unió para siempre.

Soledad, que así se llamaba la cantaora de la petenera que escuché en Sevilla, abandonó esta ciudad en seguimiento de su novio y se dirigió a Granada.

Su viaje fue inútil. Su novio se casó al poco tiempo con una labradora de la vega, y Soledad, muerta de pena, se murió a fin y al cabo realmente de un mal contra el que nada pudo hacer la ciencia médica.

El joven por quien todo lo supe era un amante desdeñado de Soledad.

Se separó de mí como presa de una enajenación mental, estrechando mi mano contra las suyas.

Corrí tras él temiendo por su razón, y al doblar la esquina me cerró el paso un cortejo fúnebre.

Era el entierro de Soledad.

En aquellos momentos pasaba el féretro por la casa de la mujer de su antiguo amante, en donde con risas y algazara se celebraba el bautizo del primer hijo de aquel matrimonio, y entre el ruido que hacían al chocar las copas de vino, se oyó al compás de una guitarra una petenera que decía así:


“Cuando tú me hayas matado,
cuando yo no exista ya,
cantándome peteneras
que me lleven a enterrar.”


P. SAÑUDO AUTRÁN

4/10/08

¿Por qué razón las peteneras se llaman así?

Este pequeño artículo apareció en la sección “Averiguador Universal” del semanario madrileño ALREDEDOR DEL MUNDO Nº 491 publicado el 28 de Octubre de 1908, en la que los lectores remitían preguntas interesantes sobre Historia, Geografía, Filología, Historia Natural, etc. que otros lectores contestaban. Como puede comprobarse Ramiro del Castillo prácticamente reproduce la respuesta que “Demófilo” expuso en su antológico libro “Colección de Cantes Flamencos”.


A la 4810.- ¿Por qué razón las peteneras se llaman así?

Las peteneras fueron inventadas por una célebre cantadora de flamenco que allá en los comienzos del siglo pasado hizo mucho furor en Andalucía, y a la que se conocía con e apodo de la Petenera.

Este curioso nombre debíalo la cantadora al hecho de ser de Paterna de Rivera, provincia de Cádiz. Ya se sabe que el vulgo de aquella española no es del que habla un castellano muy castizo. No solamente emplean palabras extrañas a nuestro idioma, si no que las de éste las desfiguran al pronunciarlas de modo lamentable. Así dicen “dejince” por esguince, y “beriera “por vidriera. Del mismo modo, a la cantadora de Paterna, cuyo verdadero apodo era Paternera, convirtiéronla unos en “Peternera” , otros en “Patenera”, y los más en “Petenera”, que fue la forma que subsistió.

Hay quién cree que dicha cantadora era cubana y también quién la supone malagueña, pero si admitiésemos cualquiera de estas hipótesis, no tendría razón de ser su primitivo alías de “Paternera”.

Aunque nada tenga que ver con su origen del nombre, puedo añadir que el célebre cante andaluz tardó mucho en hacerse popular, no poniéndose de moda en Sevilla hasta el año de 1879.

Madrid. RAMIRO DEL CASTILLO.

21/9/08

CÁDIZ. TEATRO DEL BALÓN. 21-DICIEMBRE-1826


DIARIO MERCANTIL.

Función particular a beneficio de Luis Alonso, primer bolero... Concluida la comedia el Sr. Alonso con una de sus discípulas bailará la nueva petenera americana.