Paterna: Flamenca y Cantaora

Hoy en día es un hecho prácticamente aceptado por la mayoría de los investigadores del flamenco que el cante por Peteneras tiene su origen en Paterna de Rivera (Cádiz). Pero Paterna no solo es la Cuna de la Petenera; el cante flamenco es una de sus principales manifestaciones culturales, tan arraigado entre su gente, que ha dado todo un elenco de importantes cantaores de renombrada fama. Y es que el Flamenco y la Petenera son señas de identidad cultural de este blanco pueblo gaditano.

Desde su fundación, “El Alcaucil”, en su afán por recuperar el rico acervo cultural de nuestro pueblo, ha venido desarrollando numerosas actividades en torno al cante, la petenera y la promoción de artistas y aficionados locales. Continuando esta labor de difusión y promoción esta asociación pretende ahora abrir este espacio dedicado al flamenco en Paterna con especial interés en sus cantaores y al cante que le da fama, la Petenera.



14/9/09

LA PETENERA: ALMA Y MEMORIA

Artículo del artista alcalaíno Jesus Cuesta Arana, autor del monumento La Petenera,

publicado en la Revista "El Alcaucil" nº 17. Año 1994.

La figura de La Petenera, su alma, su cante y su leyenda es la quintaesencia de Paterna de Ribera, que todo lo expresa y lo abraza e imprime carácter a uno de los pueblos con más esencia cantaora que reina en la Baja Andalucía. Toda una teoría romántica-flamenca se cierne en torno al retrato aéreo de La Petenera. Una sombra visible que surca rauda -como el vuelo de la golondrina en la primavera- por los dominios del arte y de la sensibilidad. La espesura del sentimiento trágico que caldea la masa de la sangre de un espíritu de aire y sombras luminosas.

Una memoria de aquí mismo, a la verita, que grita desde el pozo umbrío del drama, de la pena olvidada por el cante ¿Quién podrá quitarle ya a La Petenera las gasas negras de su aureola fatídica? ¿Quién?.

La Petenera como en la inmensa mayoría de los cantes enseña o retrata una veta romántica arquetípica, donde abunda la muerte y la religión del sufrimiento. Una trilogía de la emoción, la melancolía y el sentimiento más empozado.

Como con el cante, que no cabe en el papel, en el pentagrama, la memoria de La Petenera no cabe tampoco en el papel; no hay papeles oficiales que marque el ciclo vital. Así que su vida y su muerte es un hilo invisible que marca la geografía paternera de la sentimentalidad. La vida de La Petenera es alma. El alma es primita hermana de la memoria.

El cante flamenco, si acaso, como la vida de La Petenera, se escribe muy primitivamente, esquemáticamente. No es bueno que el fragor historicista empañe a la figura más mágica y misteriosa que ha dado la tierra del Sur.
El cante bueno, el de los sonidos negros, antes que nada tiene que arañar, pegar pellizco en el alma, en dejar caer bruscamente la conciencia en el espíritu (que decía Sartre). "El cantaor -según Manuel Ríos Ruíz- es la conciencia sonora de un pueblo" y uno añadiría que también es la soledad sonora. El cante nada tiene de materia, su único reino es el espíritu.

Decía López de Vega que la música en el aire se aposenta y uno cree que la memoria de La Petenera se aposenta en el aire de Paterna, su pueblo ¿Si no cómo iba a seguir viviendo en bronce?

La Petenera ha resistido el embate de las mistificaciones, la ola del engaño, y sin embargo, aún es posible escuchar las viejas peteneras por derecho.

La Petenera y su cante es retrato acandelado todavía, sumergido en un océano de lucubraciones históricas, lo cual acentúan aún más sus rasgos herméticos. Dejad que La Petenera sea carne de poesía con trasfondo trágico. El sabio Aristóteles creía que en la poesía había más verdad que en la historia. Dejemos cantar a la poesía con su hondura y su verdad. "La memoria es también la verdad y la vida, otra manera de la sangre", en boca de Félix Grande. Dejemos a La Petenera airearse con el soplo de la fantasía, de los sueños. Dejemos que la mujer siga conservando su enigmático atractivo.

La Petenera está viva, ni nació ni murió; su aire recorre todavía el paisaje paternero. Bienmirada es su memoria. "Quien sabe mirar, sabe amar", reza el aforismo antiguo. Paterna ama y mira a su Petenera de su alma.


Entre la leyenda y el fatalismo andaluz se ha ido perfilando, al compás del espacio y del tiempo, la imagen virtual, el retrato emergente entre el claroscuro, en la solisombra. Entre el grito mágico que ha ido curtiendo su realidad de bronce. Unos la creyeron carne y espíritu, otros la creyeron viento de fábula. Arcadio Larrea, por ejemplo, creía y no se bajaba del burro, que La Petenera era de origen cubano, sin más argumento que la interpretación de una letrilla delirante donde se decía que la cantaora en cuestión, nació en la Habana, debajo de una palmera y que la bautizaron los moros y le pusieron petenera. Surrealismo a discreción. Por algún lado había que rimar. No hay que hacerle demasiado caso -salvo excepciones- al significado de las letras de las coplas. Un ejemplo: ¿Quién no ha oido cantar "El Café de Chinitas"? Dice así: "En el Café de Chinitas / dijo Paquiro a Fracuelo / soy más valiente que tú / más gitano y más torero". Esto es un disparate. Un anacronismo total. Frascuelo sólo tenía nueve añitos cuando murió Paquiro.

Elucubraciones para dar y tomar fueron perfilando, a través del tiempo, un retrato velado, casi siempre a la candela de argumentaciones peregrinas y sin consistencia. Gitana, cubana, judía... Toda una galería de retratos anónimos, que atizaron aún más el beneficio de la duda y que acentuaron el oscuro encanto de la cantaora de Paterna. Ante tanta faramalla, se alza la voz más grave: la de Antonio Machado y Alvarez "Demófilo", que sale airoso del embroque, cuando en su obra "Colección de Cantes Flamencos", consigna y deja hilo claro suficiente para tirar del ovillo. Que La Petenera nació en Paterna de Rivera (y no en las obras) por afinidades o proximidad geográfica, ya que un cantaor jerezano de la época, Juanelo, la llegó a escuchar y por razones eufóricas del lenguaje, la degradación de paternera en petenera es sostenible por gente que saben. Y sigue el padre de los Machado enumerando una serie de anotaciones con buen fundamento que no es momento de analizar aquí.


La bagaleta histórica persiste -sin base real alguna- en la separación de La Petenera y su cante, como dos fenómenos completamente disolubles. ¿Quién fue antes La Petenera o su cante? La eterna cuestión. Lo del huevo y la gallina. Hay quienes creen que el cante por peteneras se remonta al tiempo de las Cantigas del Rey Sabio, es decir al siglo XII, y que su origen semita pudiera deberse a la proliferación de juglares y trovadores judíos que cultivaron el canto popular. Hay mucha coincidencia en el origen judío de La Petenera. Hasta tal punto que el viento oscuro y maléfico de la superstición que envuelve al tal cante, y que tanto palidece a los gitanos, tiene en los tiempos sefardíes una primera interpretación: en que este aire popular lo cantaban los hebreos en sus ritos y en sus fiestas y que su algarabía era señuelo para que la Inquisición fuera y los prendieran. De ahí se cree, que entre los gitanos cunda el generalizado temor de que la copla traiga malos infundios, "mal bajío". A pesar de que Estébanez Calderón, la llamara "la estrella de los gitanos". Ironías de la vida. Escribe el periodista Raúl del Pozo, con cierta gracia, que lo que traía mala suerte no eran las peteneras sino la Santa Inquisición.

Más que la flama apodíctica, o sea, demostrativa de su existencia o no, lo que verdaderamente ha cuarteado el retrato de La Petenera ha sido sin duda la ciénaga, la pirámide de experiencias nefastas que se ha arrojado impúnemente sobre su área biográfica. La hembra de "rompe y rasga" desata oscuras pasiones, calumnias, odios, perdiciones de los hombres; un microcosmos navajero con sabor a parca y el horror de la sangre regando la sementera de los celos y el viento espeso de la lujuria recorriendo el mapa sensual. Y para regar, echarle más agua a la maceta de las flores negras, dicen que el cante por peteneras se parece al canto gregoriano -muy de modo por cierto-, a un oficio de difuntos y los gitanos, claro está, se echaron a correr.

El "fátum", el "mal fario" de La Petenera sigue cabalgando, está vigente como las estrellas. No hace mucho, Paco de Lucía, en una entrevista en el diario "El País", venía a decir más o menos, que La Petenera le había traído muy mala suerte y que mentar ese cante era mentar la bicha. Lola Flores, fitana, en una aparición televisiva, descompuesto el semblante, cuando alguien mentó el nombre prohibido tocaba madera con la celeridad conque el náufrago se agarra a la tabla. Este vano perjuicio, sin fundamento alguno, es sin duda alguna, lo que más ha sombreado el perfil de La Petenera y la difusión de su cante. Menos mal que siempre hay almas buenas. A "Naranjito de Triana" le oí decir un día: "La única superstición que tiene el cante por peteneras es que es un cante muy difícil de interpretar de verdad".

El negro sambenito de La Petenera, fue globo hinchado a reventar. Su vida, su sentimiento, su pasión, en fin, sus interioridades fueron mal estudiadas, mal interpretadas. Mal entendido fue Federico García Lorca, en su poema "Gráfico de la Petenera", muchos quisieron ver sólo negrura sobre fondo negro (pena, llanto, cuchillos, muertes, sombra, perdiciones...). Quiso retratar el poeta granadino sin más, un microcósmos fatídico, con su duende especial, muy acorde con su sentimiento flamenco. Lorca era pintor de retablos cósmicos revestido de mitos trágicos de nuestra tierra. La Petenera para Federico fue un retrato trágico sobre un paisaje concreto, de brumas pasionales que rebosa el pozo del drama. No vio un cuerpo, sino un sentimiento moreno, indescifrable, el sentimiento trágico del pueblo andaluz.

El aura de La Petenera comporta a su cante un viento cálido que sopla trágico desde la tristeza al sentimiento. Allí donde se posa el drama, se desata el vuelo de la fantasía y la imaginación galopa en los corceles más negros por las veredas polvorientas del tiempo. La Petenera es un borbotón racial, no codificable, y menos en la imputación injusta de los vanos presagios y sus efectos sobrenaturales. Del estigma de la superstición hablo.

Pastora Pavón "La Niña de los Peines", engrandeció y popularizó el estilo, cuando ya al cante se le veía solo asomar los dedos en el pozo del olvido. La Petenera tuvo a su papisa negra en la "Niña de los Peines". Y era gitana. Gitana era. Por eso, uno es supersticioso con las supersticiones. El cante lo agranda o lo achica, lo hace largo o lo hace corto su intérprete y nada más, lo demás es humo de paja al viento. El pueblo sabio dice que hay "herraó" que calza bestia coja y la pone buena, y que hay "herraó" que calza bestia buena y la pone coja. Pues eso.

En medio de tanto y tanto nubarrón sin horizonte se levanta una voz estudiosa y seria, la de Paco Vallecillo, que nos dejó escrito antes de tirar para las estrellas lo siguiente: "Cante de inacabable belleza, de entonación mayestática, de matices inconfundiblemente litúrgicos. Cante de penar adolorido que sólo con la seguirilla puede alternar en este sentido emocional y patético, es éste de La Petenera, escrito así en singular", y culmina el flamencólogo ceutí con estos dos certeros versos:


LLeva Paterna en su alma
eterno luto por tí.

La Petenera fue antes canto que cante. Por un lado, mira las viejas conexiones con el cancionero popular, y por otro, con el cante largo que sugiere el aliento de la "soleá".

Qué nos importa La Petenera antigua, o La Petenera corta, o La Petenera chica, o La Petenera larga o La Petenera grande. Que si es un aire popular parecido a la malagueña o que venga de la cantera folklórica y que se aflamencara después; que tenga reminiscencias o aromas medievales a golpe de cantigas o entonaciones semíticas; que venga "allende los mares"... Qué importa si por encima de todo, por encima de cualquier modalidad o encasillamiento, priva la emoción, el sentimiento o el estado de gracia del cantaor jondo que la dibuja volando el aire con su garganta.

Que La Petenera sea de incierto origen, qué importa, si el toreo y el cante también tienen los eslabones perdidos. Qué importa si al final La Petenera enseñorea su perenne recuerdo en el corazón de Paterna de Rivera y de los paterneros desafiantes del olvido, con su enigmático atractivo, como un reloj de bronce que va marcando los trabajos y los días o la memoria colectiva del pueblo que la vio nacer en la historia y en la leyenda.

La Petenera, un abanico de hipótesis que sopla testarudo en la historia del cante. Medina "el Viejo", heredero más directo del cante por peteneras, nos legó esta clarificadora letrilla que dice de dónde viene el viento:

Petenera, cantaora
de Paterna de Rivera
dile a Dios me dé tu don
pa cantar por peteneras.

La tradición oral ha hecho el resto. El viejo Medina vivió en la última mitad del siglo pasado. Un dato a tener en cuenta. El recuerdo de Dolores La Petenera era todavía agua fresquita que corría por el pueblo. Una tesis.

A falta de rigor historicista, La Petenera se nutre de razones que sobrepasan el cuerpo (la razón incorpórea de Antonio Mairena), lo mismo que el torbellino interior de su cante. Paterna de Rivera no olvidó nunca, siempre ahijó en la memoria, por más vueltas que dé la noria del tiempo, que La Petenera tuvo un día cuerpo y alma y que paseó las estampas de la existencia por los callejones del aire. ¿Si no cómo se iba a explicar la latencia de su estrella?

La Petenera, diosa pagana, nimbada por los duendes flamencos que son angelillos en estado de gracia más pegados al terruño que las musas. Y el cante por peteneras removió -y remueve- catedrales interiores de oscuro sentimiento en las voces de "La Niña de los Peines", los Medina, Pepe el de la Matrona, Jacinto Almaden, Rafael Romero "El Gallina" (gitano por peteneras), "Naranjito de Triana", José Menese, Enrique Morente, Carmen Linares y al baile Soledad Miralles, Rosa Durán y ... (puntos suspensivos). Todos ellos rompiendo gloria en el retablo barroco de la señora de los misterios.

¡Qué decir de la terna cantaora de Paterna! "El Perro", maestro. Rufino, sentimiento. "Niño de la Cava", rajo. Tres emociones distintas para un solo dios verdadero: el cante. Una trinidad del cante por peteneras. Tres voces en un mismo paisaje sonoro, tres cantes, tres memorias. Nadie mejor que ellos, nadie sabe iluminar mejor la sombra alargada de "La Petenera".

Ha pasado el tiempo, "La Petenera" desde la quietud aparente del bronce que yo labré, alarga y aposenta su rictus amargo en una sonrisa indefinida, de sonriente tristeza oriental, retratado en su semblante el enredo de su sino, la canastilla de cerezas que ha sido su vida. Y alza el tronco-cuello cantaor para ver volar la alondra del alba por los cielos de Paterna, que viene a ser como el avioncillo infantil que refresca la memoria.

Nunca echaré al olvido, aquel cálido 16 de Julio de 1982, fue cuando el pueblo de Paterna subió al pedestal a su hija más renombrada, el cuerpo, el alma y la estatua de La Petenera de su corazón. Y todo el pueblo junto. Y aquellas palabras inolvidables de aquel viejo paternero que en la noche de la inauguración, en el reflujo de la bulla, pegó su memoria silenciosa a mi oido diciéndome: "El monumento a "La Petenera" es como si hubieran puesto ahí en medio una campana; eso suena ya para siempre". Inolvidable. La sabiduría popular tocándole la guitarra a la noche más emocionada. Y aquella mujer ciega de Alcalá aplaudiendo, el rostro iluminado, como si estuviera viendo el monumento. Recuerdos... Recuerdos. Y cuando el bronce llegó a Paterna con la madrugada en todo los suyos y los ladridos de los perros rajando el reino del silencio. Y aquel puñado de paterneros cargando la imagen en una improvisada procesión pagana bajo un manto de estrellas. Una estampa dificil de imaginar. Y mientras tanto el lucero matagañanes, allá arriba, donde lo infinito, guiñando su gran ojo. Y Paterna dormida a un paso ya del gallo más temprano. Y el pedestal vacío y misterioso durmiendo el aire. Y... al caer la tarde, comprendí que el barro sencillo donde modelé aquella mujer sin cuerpo y casi sin historia, todo espíritu se había hecho bronce a la cera perdida y entró en calor, al fragor de los crisoles, la memoria colectiva de un pueblo, como ese vasito de vino que despierta los ojos y remueve el ánimo.

Casi doce años ya, el tiempo va pasando por el balcón del aire en un suspiro y la mujer de bronce con la guitarra escondida que está en el corazón del pueblo, siempre está a punto de cantar; con esa esperanza vamos pasando: de que cante el bronce del tiempo y que atrapemos el último sueño por la cola.

Desde lo intransferible del tiempo, Antonio Murciano el poeta del paisaje de enfrente, donde sopla el mismo viento, le da a la cuerda de sus versos y deja sonar la guitarra-reloj:

Que el hombre es barro del tiempo
y el tiempo un hombre que espera
¿Pasa el tiempo?... Pasa el hombre
Yo paso y el tiempo queda.
La filosofía con el terno de luces de la poesía.

Dejad que "La Petenera" siga siendo un misterio por los caminos del tiempo. Dejad que se personifique en el bronce. Que su vida -y su cante- no cabe en los papeles.


Jesús Cuesta Arana

No hay comentarios: